International Texts
October 2, 2012
Museo Nacional de San Carlos, Mexico City
Catalogue
Susan Crowley
Fe, esperanza y caridad: la mirada de Helnwein en México
El arte es un ritual que pretende recordarnos eso que somos pero que hemos olvidado. Niños mexicanos, en toda su fragilidad y transfigurados por el proceso artístico, serán representados. La violencia existe, es algo que no puede soslayarse, cuando tratamos de negarla o le volteamos la cara para no verla, lo único que logramos es permitir que se propague como la peste. Esos niños, una vez captados por la cámara de Helnwein, quedan transformados, dejan de ser ellos mismos para devenir iconos. En cada imagen tendremos la oportunidad de detenernos para ver y así dejar de ignorar lo que es obvio y salta a la vista. Creando un equilibrio entre el vacío y la forma se muestran para mostrarnos “algo”. La representación es simulacro y en ese simulacro se puede ver más de lo que imaginamos. A nuestro paso, en los sótanos del Monumento a la Revolución y a lo largo de su explanada, iremos encontrando las imágenes de niños que en cada mirada nos dejarán intuir aquella unidad que se rompió en el origen, ilusión que debe permanecer en el mundo aunque sea como representación artística. “Los niños de México contienen en su rostro —dice Helnwein— todo el peso del tiempo…”, también contienen la historia, los mitos, todo eso que se ha callado pero que debe contarse, de nada sirve tratar de negar o dar la espalda a la belleza que estas imágenes representan, por eso miran así, porque guardan los secretos de la historia y las historias que jamás se contaron. Hoy vuelven a tomar un sitio. El sacrificio se ha realizado.
Cuando el niño era niño
caminaba con los brazos colgados
quería que el arrollo fuera un río
el río un torrente
y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado
y todas las almas eran una sola.
Cuando el niño era niño
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre
se sentaba en cuclillas,
se levantaba corriendo,
tenía un remolino en el cabello
y no ponía cara en las fotografías.
Peter Handke
Colonia, 1988. Mi encuentro con la obra de Gottfried Helnwein fue en una calle donde descubrí una serie de imágenes gigantes, rostros de niños: estaban rasgados y pegados. La exhibición se llamaba Kristallnacht (La noche de los cristales rotos), era un homenaje a los 50 años del inicio del Holocausto. Las rasgaduras, justo en el cuello, parecían cortadas y unos parches a manera de vendas las reparaban. Parece que “alguien” había cometido un acto de vandalismo contra ellas por lo que significaban, de inmediato los pobladores de esa ciudad decidieron repararlas y así continuar exhibiéndolas. Con un encuadre frontal y en un acercamiento extremo, cada una de las imágenes dejaba una sensación ambigua, extraña, conmovedora…
En contraste con estas imágenes desgarradoras de los niños, que desde luego dejaban clara la intensión de abordar el dolor de la memoria histórica, pasado algún tiempo volví a toparme con la obra de Helnwein, esta vez se trataba de un autorretrato perteneciente a la Essl, colección que se caracteriza por su vocación hacia la pintura abstracta. Así, de inmediato, entre obras de Antoni Tapies, Lucio Fontana, Hans Hartung, por citar sólo algunas, aparecía la cabeza de un hombre, vendada y con dos tenedores rasgándole los ojos. El gesto no era precisamente de dolor, más bien parecía una máscara, fársica, llena de vitalidad, perturbadora. Fue mi primera experiencia viva con la obra de este artista. De lejos la imagen aparentaba ser una fotografía, pero al acercarse, las pinceladas cargadas de técnica de un artista clásico iban surgiendo. En medio de un ámbito en el que lo figurativo casi no aparecía, esta obra, que de golpe podía considerarse hiperrealista, empezó a desvelar capas y capas de pintura que por momentos la dislocaban de su propia condición figurativa para llevarla a emparentarse con la abstracción, incluso, me atrevería a decir, jugaba con las demás imágenes, se reía entre sus trazos, los retaba; esa mueca, carcajada silenciosa, entraba y salía en el vacío, en el color y en la materia. Equilibrio perfecto.
Me asombró la intuición del curador que decidió colocar esa pieza al lado de las otras. En la cédula se leía el nombre Gottfried Helnwein, Self-Portrait 36, el mismo artista de la exhibición de Colonia y autor de la portada del disco del grupo Scorpions. Nunca imaginé que un artista poseedor de una técnica impecable, y al mismo tiempo un “pop” declarado, fuera capaz de mostrar la fragilidad y el dolor de la inocencia vulnerada en aquellas fotografías de Colonia.
Poco después pude acercarme a Helnwein por un catálogo que mostraba el corpus de su obra: un imaginario creado por el artista que nos lleva a conocerlo y permite compenetrarnos en su búsqueda. Una mezcla interminable de técnicas: dibujo, fotografía, pintura, performance, algunas escenografías y vestuarios para ópera y teatro. En todo su trabajo, un estilo impecable sustentado en el dominio de una vasta diversidad de técnicas y en el conocimiento profundo de la pintura desde todos sus ámbitos: de lo clásico al cómic, la destreza que muestra en su obra es asombrosa. En este recorrido pude ir reconociendo su paso por la escuela de Bellas Artes de Viena, donde recibió una educación tradicional que lo llevó a perfeccionar su técnica. Luego, un primer atisbo de sus muchos recorridos dentro de las iglesias barrocas austriacas en las que las imágenes sagradas mostraban el dolor y el sacrificio en niños, mujeres y hombres consagrados al martirologio. Eran imágenes llenas de sangre, con la piel desgarrada, supurando. Desde el ámbito de la fe, esperanza y caridad, observaban serenas sin permitir que las huellas de tortura deformaran sus rostros. Gran impacto para un joven estudiante que, de cualquier modo, había crecido en una nación devastada por una guerra en la que todos los sobrevivientes, al mismo tiempo que pedían perdón al mundo, debían reconstruir sus ciudades y seguir adelante.
Dentro del mismo catálogo, una serie de imágenes de las que Helnwein se nutre: Rudolph Schwarzkogler, Gunter Brus, Arnulf Rainer, Hermann Nitsch, todos ellos parte del Accionismo Vienés que, a través de experiencias performáticas, buscaban mostrar los límites del cuerpo, del erotismo, en un movimiento que se muestra como antiarte. El objetivo: descubrir la parte mórbida, prohibida, oculta del cuerpo, y mediante el sacrificio permitir que entre el artista y el espectador se viva una catarsis. La intensión de actualizar y colocar el género trágico griego en una serie de acontecimientos, permitiría la redención a través del arte. En la obra de Helnwein hay una enorme cantidad de imágenes en las que queda el registro de diversas acciones —solo y con un niño, su hijo Cyril—, que podrían ser un claro homenaje a este grupo de artistas.
Más adelante, una serie de dibujos hechos en papel con tintas nos lleva a Goya, Rembrandt, Kubin, Redón. Son caricaturas, muecas, carcajadas que nos duelen y al mismo tiempo muestran un conocimiento incuestionable del dibujo. Esbozos que terminan en escenas complejas; cuando hay color es sólo para llenar el papel de trazos inconexos, separados unos de otros, que vuelven la totalidad del trozo de papel una urdimbre de angustia. Una niña en el suelo, herida, se toca la cara ocultando el dolor. La obra responde al título Triumph of Science (El triunfo de la ciencia).
En otro dibujo, un niño con los pelos literalmente parados, el rostro inexpresivo salvo por la boca apenas torcida hacia abajo, agujeros en vez de ojos, recibe el beso de de Judas, así se ha nombrado, Kiss of Judas. Mezcla de inocencia perdida y perversidad, a este niño le han arrancado la mirada: el ser que deambula en el universo del espanto, espanta. Los dibujos de Helnwein van y vienen del reino del horror de los grabados simbolistas, nos quieren decir algo, pero terminan por callarlo. No hay nada que decir. El tema obsesivo en sus dibujos: niños. Lo que alcanzamos a percibir es un nudo generado por la velocidad del trazo que llena el papel, horror vacui, ojos vacíos, ¿hacia dónde nos quiere llevar el artista?
Los dibujos de Helnwein van desde el realismo crudo hasta el expresionismo brutal. Algo sublime está ahí, podemos reconocer las obras de Grunewald y sus cuerpos desgarrados por la huellas del martirio, Caravaggio y la belleza de la masa corpórea contorsionada mientras emerge del claroscuro; está Munch y las máscaras del horror y la agonía, Bacon y el desdibujo de un cuerpo que se pierde en el vacío del lienzo. Aún no hemos entrado a la pintura de gran formato.
“Todo el arte moderno es abstracto en el sentido de que está atravesando por la idea mucho más que por la imaginación de formas y sustancias…” (Jean Baudrillard).
La pintura de Helnwein abreva de un universo que antecede a las formas. Tal vez sea el estado propicio, la ebriedad, el universo en el que Dioniso, como lo afirmaba Nietzsche, predispone al cuerpo a vivir otros estados, eterna transfiguración, instante: Como lo intuyó Roberto Calasso, “el falo de Dioniso es alucinógeno antes que impositivo”. El triunfo de la forma es el instante elegido por el artista, el trazo se realiza, la suerte está echada. Ese trazo, en la obra de Helnwein, ha recorrido muchos caminos: origen, mito, religión, historia, infancia, estado de disposición, trayectoria angélica. Cada una de las obras crea en sí un palimpsesto, genera pliegues que en ocasiones nos cierran las entradas y en otras las abren dispuestos por su fragilidad, no oponen resistencia, se dejan violentar por nosotros, incluso podemos destruirlos. No hay reclamo, el dolor es voz callada, mirada inocente, ángel que se deja atrapar.
En Epiphany I (Adoration of the Magi 2), Helnwein utiliza los medios del fotomontaje, la serie de escenas inconexas se vuelven una ante el espectador. En segundo plano, oficiales del ejército nazi observan la imagen central: una madona sostiene a un bebé desnudo en su regazo. Los oficiales admiran esta imagen que, a pesar de estar muy próxima a ellos, pareciera surgir de otro lado y estar en otro tiempo. La rigidez de los uniformes, las miradas de escrutinio, no parecen incomodarla. ¿Presenciamos el triunfo de una raza encarnada en un niño voluptuoso y lleno de vida? La monocromía nos hace pensar en una película en blanco y negro de la guerra. Los rostros de quienes observan nos meten a un suspenso. Una vez más, Helnwein juega con nuestra percepción, nos lleva a completar la escena que ocurre en el cuadro con cualquier cantidad de especulaciones. Nada está dicho.
En una primera lectura, las obras de Helnwein podrían pretender la denuncia de los eventos históricos que se vivieron en Europa al final de la guerra y que afectaron profundamente la vida de todos sus habitantes. Esto es claro a lo largo de su obra, pero sólo en una primera lectura. Una vez capturada esta imagen nos obliga a pensar: hay muchas más capas que se van desvelando. Habrá que escudriñar en los pliegues de lo invisible, en el fotomontaje. A pesar de recordarnos a las madonas clásicas, la imagen viene de una fotografía actual. Vista así, ha trastocado por completo el origen vivencial de este acontecimiento, creando una ilusión. Estamos frente a una “epifanía” que no surge de ningún momento histórico, porque simplemente jamás existió. El que Helnwein haya tomado precisamente a estos personajes de la historia, y concretamente que sean militares alemanes, es sólo un reflejo de las imágenes que abundaron en su infancia junto al universo iconográfico de las iglesias barrocas. A la modelo seguramente la eligió por su belleza y capacidad de representar. El niño mira fijamente a la cámara, pareciera mucho más grande de lo que debería ser, ya se sostiene por sí mismo, la modelo apenas lo ayuda. Si observamos detenidamente, su cuerpo es saludable y robusto, nos recuerda a ese niño que Leonardo pintara en su cuadro de la Madonna Litta. ¿Se puede decir que es inocente, o hay algo en su mirada que denota cierta dureza, hasta ironía? Es el niño que representa una raza, la que sea, alegoría del poder y del espíritu.
La pintura de Helnwein no sólo usa capas que le dan una finura y un acabado técnicamente geniales, también decanta en la psique llevando al espectador a descubrir otros estratos. Cada uno de sus personajes se construye a partir de una ilusión. Lo que vemos en las obras del artista es a nosotros mismos viendo lo que queremos ver.
En Annunciation (Mouse 12), icono norteamericano, Mickey Mouse aparece como un gigantesco globo flotante, el plástico dibuja una carcajada perversa, es la Anunciación. El propio Helnwein cuenta que la figura de Mickey y la cultura del Pop nutrieron de manera fundamental el concepto de su obra. A través de los cómics y los dibujos animados se permitió exorcizar a los demonios de la historia. Como dice Walter Benjamin, “la historia la escriben los vencedores”, Mickey lo es, y de la mano del artista construye un mito llamado “América”. Alguien tiene que tomar el papel de narrador. Helnwein goza contando historias, es un gran conversador en imágenes, y a través de ellas los silencios ocupan un sitio en las miradas que nos hablan… quedo, muy quedo, casi no se escuchan.
Finalmente entramos en Untitled (The Disasters of War 28): una niña, los ojos cerrados, la luz directa en el rostro cubre de sombras parte de su cuerpo; bañada en sangre, parece no dolerse, la encontramos en un estado de solipsismo, universo que no incluye al espectador, intimidad que nos obliga a rebasar los límites de lo pictórico y entrar en el misterio.
Un baño de sangre que nos remite al sacrificio. Un cuerpo que se enaltece al ser ofrecido. El planteamiento conceptual de Helnwein es eco de sensaciones y experiencias que resuenan en nuestros sentidos, las hemos vivido, ¿rito iniciático, grietas en el alma? A lo largo de su obra, este artista nos adentra en la mirada de un niño, este niño nos guía por un camino lleno de espejos, miradas que nos compelen a contemplarnos. Presencia ausente, nos recuerda lo que somos en algún sitio intocado. Imagen sin forma que luego se con-forma en la belleza… posibilidad. Pero la belleza, para que realmente lo sea, debe jugar en equilibrio eterno con la fealdad. Origen de lo que somos, de lo que fuimos, eso donde ya no nos reconocemos. Los niños de Helnwein son cada uno de nosotros y nuestro encuentro con su obra nos recuerda el lugar del que todos venimos pero ya olvidamos. Creador de mitos en los que seres angélicos deambulan, busca dar forma, lenguaje inaprensible. Sus niños nos miran desde un ámbito en el que nos llenamos de preguntas, no hay respuestas. Todos ellos guardan un secreto, misterio que se empeña en mantenerse. En cada capa de pintura descubrimos la profundidad de la piel, su absoluta transparencia, vacío. La mirada penetrante se abre como una ventana a los paraísos perdidos de cada uno de nosotros, a la nostalgia en la que vivimos conscientes de esa pérdida original de la que no podemos escapar, somos caída, eco del origen, hemos renunciado a él, nos hemos convertido en tejedores de paraísos perdidos.
México, 2012. Fe, esperanza y caridad, la mirada de Helnwein, una retrospectiva en el museo San Carlos.
Dice Jean Baudrillard, “el mundo es un ready-made, y todo lo que podemos hacer es, de alguna manera, conservar la ilusión o la superstición del arte…”. Después del fin del arte, una vez que el lenguaje de la estética se ha dislocado y ha creado una multiplicidad de lenguajes que incluyen todo o nada; en una era en la que se exhiben imágenes hasta la náusea, repletas de escenas desgastadas, mudas, repetidas al infinito, historias de violencia que no permiten la reflexión y nos obligan a darles la espalda, conscientes de la ruptura que se dio en el origen y que nos mantiene escindidos, el artista intenta retomar los diversos hilos del entramado y con ellos tejer de nuevo la ilusión: gesto artístico, sacrificio renovador, ritual. La función del rito es
recordar un acto que no debe pasar inadvertido. El arte es un ritual que pretende recordarnos eso que somos pero que hemos olvidado. Niños mexicanos, en toda su fragilidad y transfigurados por el proceso artístico, serán representados. La violencia existe, es algo que no puede soslayarse, cuando tratamos de negarla o le volteamos la cara para no verla, lo único que logramos es permitir que se propague como la peste. Esos niños, una vez captados por la cámara de Helnwein, quedan transformados, dejan de ser ellos mismos para devenir iconos. En cada imagen tendremos la oportunidad de detenernos para ver y así dejar de ignorar lo que es obvio y salta a la vista. Creando un equilibrio entre el vacío y la forma se muestran para mostrarnos “algo”. La representación es simulacro y en ese simulacro se puede ver más de lo que imaginamos. A nuestro paso, en los sótanos del Monumento a la Revolución y a lo largo de su explanada, iremos encontrando las imágenes de niños que en cada mirada nos dejarán intuir aquella unidad que se rompió en el origen, ilusión que debe permanecer en el mundo aunque sea como representación artística. “Los niños de México contienen en su rostro —dice Helnwein— todo el peso del tiempo…”, también contienen la historia, los mitos, todo eso que se ha callado pero que debe contarse, de nada sirve tratar de negar o dar la espalda a la belleza que estas imágenes representan, por eso miran así, porque guardan los secretos de la historia y las historias que jamás se contaron. Hoy vuelven a tomar un sitio. El sacrificio se ha realizado.




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