Ana Durán. ESPECIAL PARA CLARIN

Cuenta que quiso separar su performance del relato de Esteban Echeverría, y sin embargo, algo de esa brutalidad, del festín de sangre, de la ferocidad se cuela por el agobiante espacio hecho de bolsas de nylon.
Emilio García Wehbi, director y uno de los fundadores del Periférico de Objetos ya se había hecho acreedor de una incómoda polémica a mediados de este año cuando estrenó La balsa de la medusa, sobre Insultos al público, de Peter Handke. "¿Por qué tengo que pagar una entrada para que me insulten?", era la pregunta de rigor, y se cuenta que en algún momento voló un vaso desde la platea, que los actores esquivaron con verdadero arte.
El matadero, una performance que repetirá cada dos meses, cuenta con el mismo equipo de actores de Open House, la obra de Daniel Veronese, y está basada en una experiencia de origen alemán: "Lo que me inspiró en gran medida —cuenta García Wehbi— fue el programa político del SPK. En 1970, el Dr. Wolfgang Huber, psiquiatra de la Universidad de Heidelberg, junto a otros docentes, pacientes y alumnos crearon la Socialistisches Patienten Kollectiv (Colectivo de Pacientes Socialistas) que se opone a la práctica médica psiquiátrica convencional. El slogan es hacer de la enfermedad un arma. Creo que hacer la revolución socialista para curarse de una enfermedad psíquica es, por un lado, legítimo, pero por otro, algo descabellado y extraordinario, casi una enunciación poética. A partir de este principio de poesía de la enfermedad (lo normal contra lo anormal), es que se construyó el material, tomando elementos de inspiración de la poesía de Antonin Artaud, imágenes visuales del plástico austríaco Gotfried Helnwein, y otras".
Como toda performance, El matadero —que se ofreció en el Espacio Callejón— es una experiencia incómoda. Que empiece a las 0.30 y dure entre cuatro y cinco horas, es sólo un dato físico de paulatino cansancio y desgaste que compartirán artistas y espectadores. Entre medio, como flashes aparentemente dispersos, varios personajes siniestros circularán por el Hotel Instituto Benjamenta, lugar en el que "se muere en más de quinientas camas. En serie, naturalmente". Seres que deforman sus rostros, parteros que reciben la sangre de la menstruación, imágenes en video que muestran las mil y una formas de matar y desangrar a una res, un actor y su largo monólogo mientras la maestra de ceremonias lo "rapa" con la "cero" en un acto violentamente represivo y humillante, y la frutilla de la torta: el director y una actriz se dejan extraer la sangre (jeringa y guantes descartables mediante) con la que luego se cocinará una morcilla. Y el desfile de textos "que se inyectan" de Artaud, Georg Büchner, Paul Celan y Walt Whitman, entre otros.
Ahora bien ¿por qué vivir una experiencia incómoda, por qué dejarse agredir, ser tratado como asesino y cordero, entrar en contacto con sutiles formas del mal en un mundo que acaramela su síntoma con las más tecnológicas estrategias de aturdimiento?En El matadero, y eso es lo bueno, cada espectador encuentra su respuesta personal.