GranadaJuan Elí Rodríguez probablemente pertenece a la primera generación de niños que aprendió a leer y a sumar con “Los Carlitos”, aquellos mimetizados textos que en los años 80 educaron a varias generaciones de “Hijos de la Revolución” y que entre el canto y el juguete; la guerra, en muchas ocasiones, les resultó de un color desconocido.A conocer a su papáEntre opacos recuerdos de una nación que cesaba temporalmente sus conflictos, Juan Elí aún mantiene aquella vaga memoria que le caló para siempre. “Fue después del triunfo, habré tenido unos cuatro años, y para entonces vivía con mi mamá en casa de mis abuelos. Ese día pasó la barata anunciando que habían llegado unos buses al parque. Y recuerdo que mi mamá me dijo que fuéramos, para ver si había llegado mi papá, que aún yo no conocía, pues todo ese tiempo había estado luchando en el Frente Sur. Y sí, allí estaba. Me dijeron: “Ve, ese es tu papá”. Me impresionó mucho esa imagen, pues lo miré como mi héroe personal”.
Hoy, a sus 32 años, es quizás uno de los pintores jóvenes mejor conocidos en el extranjero, y a pesar de aún no ser “Mesías en su propia tierra”, sus decenas de obras en salas, bancos y galerías alrededor del mundo le han valido el reconocimiento de artistas consagrados.
Miembro de una generación de posguerra, Juan Elí se describe como un joven desvinculado de la coyuntura política, se incluye al porcentaje del abstencionismo electoral e ignorante de los programas y estadísticas gubernamentales. Pintar, reproducir y desfigurar las formas bajo el estandarte del “arte por el arte” asegura ser su responsabilidad inmediata.
Nació en 1975 en el viejo Hospital “San Juan de Dios”, de Granada, y a temprana edad quedó al cuidado de sus abuelos, pues sus padres emigraron a Estados Unidos.“No tengo recuerdo de mis padres juntos. Eran militantes del Frente, pero se fueron a California al poco tiempo de la Revolución, cada quien por su lado”.El beneficio de su soledadDesde niño padeció de una delicada afectación pulmonar que le obligó a pasar aislado sin poder compartir juegos con el resto de sus compañeritos. Pero vale el dicho de que no hay mal que por bien no venga, pues en su soledad, su natural imaginación infantil le permitió crear sus propios pasatiempos.
“La casa de mis abuelos era mi mundo, entonces empecé a dibujar. Dibujaba mi cuarto, las plantas y figuras de animales que encontraba en una colección de libros que teníamos de la Nacional Geografic”.Emigró con sus abuelos a los Estados Unidos en el 87, y aunque no guarda muchas memorias de esa etapa, sí recuerda que las clases de arte en el colegio le crearon un interés definitivo por pintar.
A mediados de los noventa, ya en Nicaragua, mientras intentaba culminar sus estudios de secundaria, consiguió una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes en Managua. En ese tiempo bajo la dirección de Pedro Vargas.Paralelamente se incorporó al grupo de talleres experimentales de técnicas de gráficos, grabados y pintura, impartidos por la Fundación “Casa de los Tres Mundos”, de Granada, donde conoció al español Jesús Núñez, a quien considera su primer gran maestro.“El maestro Núñez llegó de Galicia para esos años, y quizás fue el primero que me hizo interesar por el grabado y la litografía, que son las técnicas que a mí más me gustan”.
Estabas en Managua estudiando todos los días, y en Granada, terminando tu secundaria, más los talleres de arte por la tarde, ¿cómo hiciste todo a la vez?En las mañanas iba a Managua; en la tarde estaba en los talleres experimentales; y en la noche terminando la secundaria, pero sólo estuve en Managua dos años, porque después me agoté y decidí no seguir gastando energía ni dinero. Terminé el bachillerato y me concentré sólo en los talleres.Además, para mí era más emocionante lo que estaba sucediendo entones a los Tres Mundos, donde estaban llegando artistas de otros países --de mucha calidad-- como Antonio Zarro, el mexicano Leopoldo Morales Praxedis, la filandesa Anu Tuomisaare y una inglesa de nombre Alison Wiklund”, quien también considera que fue la que inicialmente lo descubrió y lo integró al grupo experimental de jóvenes.
En ese en sentido, la “Casa de los Tres Mundos” para el joven artista sirvió como eje fundamental de apoyo, ya que al poco tiempo se logró contactar a Gottfried Helnwein: uno de los grandes artistas hiperrealistas del 70 y actual pilar de las corrientes de arte contemporáneo.Ya integrante del colectivo de artistas avanzados, Helnwein conoció los trabajos de Juan Elí y del también joven pintor Paul Morales. Y en 1994 extendió una invitación a los dos artistas nicaragüenses para pasar una temporada en su estudio en Alemania.
¿Cómo fue la experiencia con Helnwein?Fue como un sueño. Estuvimos tres meses en su estudio, que era en un castillo a veinticinco minutos de Bonn. Fuimos sus asistentes, una labor que creo que se ha perdido, pero es indispensable en la etapa de todo aspirante a artista, porque así pudimos conocer el trabajo terminado de un grande.
Personalmente esa experiencia me marcó, no solamente para saber que quería seguir pintando, sino para saber qué me interesaba crear. Estuvimos tres meses con él, y el programa también incluía visitar a museos, ahí me impresionó mucho los trabajos de los grandes maestros al visitar el Louvre en París y otros tantos.Sentí que no me influí de ninguno en específico, más bien creo que intenté absorber de todos, porque claro, hoy mismo sigo en la búsqueda, pero me llamó mucho la atención el trabajo de los impresionistas y su contenido romántico.
Su impacto no se hizo esperar. Al regresar a Granada, Juan Elí en los próximos cuatro años tendría una de sus más proliferas etapas, en la que engendró alrededor de 60 obras.
“Cuando regresé me sentí más envuelto en el movimiento y vine a trabajar. Sentí que mi trabajo estaba funcionando y tenía aceptación. Nunca me di cuenta cómo se dio la aceleración creativa, solamente pasó, pues el trabajo iba mejorando, según me iba diciendo la gente”.La etapa en HolandaEnamorado, soñador y errante, en 1998 volvió a partir, esta vez a Holanda, donde vivió a sólo dos cuadras del museo de Vincent van Gogh en Ámsterdam, el que visitó reiteradamente, como también lo hizo con los museos de la época de oro de Holanda, hasta las escuelas modernas y contemporáneas. Disminuyó su capacidad creativa, pero aprovechó el espacio para nuevamente alimentarse.
La obra del pintor nica fue expuesta en algunas ocasiones, pero considera que su mayor logro fue el haber sido invitado a formar parte de la compañía de teatro de Ámsterdam: “The Wonder Fundation”.En ésta hizo parte del equipo encargado de crear la escenografía y los efectos del espectáculo. “Haber podido participar en el trabajo de la luminotecnia me permitió más adelante tener un conocimiento más acertado del manejo de los tonos de luz en mi propio trabajo”, considera el artista, quien dejó el viejo mundo en 2000 para ir a casa de sus padres en los Estados Unidos.
Para entonces, se habían desvanecido los ánimos en su propio trabajo. Sin dinero se vio en la necesidad de hacer otras cosas. “Tenía que trabajar, y en ese tiempo mi trabajo no se estaba vendiendo mucho, además no me gustaba lo que estaba haciendo”, por lo que sólo se dedicó a trabajar en tiendas de arte.Pasó una temporada en Colorado, donde también expuso algunas obras, pero entre sus tantas aventuras le sucedió uno de sus peores desastres: en un bar de la ciudad dejó olvidado el catálogo que documentaba su obra completa. Nunca lo recuperó. “Fue un desastre, tenía documentadas más de cien obras, pero bueno, lo perdí; algunos de esos cuadros ya no los recuerdo, ni los volveré a ver”.
Diez años habían ya transcurrido cuando se filtró la noticia de que el artista Gottfried Helnwein había mudado su estudio a Los Ángeles, California. Se volvieron a reencontrar. “Fue interesante el encuentro. Me invitó a una de sus exposiciones y creo que eso me sirvió de aliento, pues él también miró parte de mi trabajo y me conmovió mucho escuchar de él que estaba haciendo mejor mis cosas: ‘Ya creciste’, recuerdo que fueron sus palabras”.
Nunca terminó sus estudios de periodismo y de historia del arte que inició en Los Ángeles City College, por tanto, decidió regresar a su natal Granada y reanudar su trabajo en los estudios de la Casa de los Leones, desde donde hoy continúa trabajando y preparándose para lo que el futuro le depare.