Mi gusto por Marilyn Manson tiene ya mucho rato. Por él leí Zaratustra y conocí a Anton Sandor Lavey, el máximo sacerdote de la Iglesia de Satán, ahora occiso. Las mescolanzas, me gustan más, cuando me enteré de que Jodorowsky filmaría a Manson en la secuela de el Topo, y de que Alejandro se recetaba unas hamburguesas con el flaco feo Warner, me doblé de la risa por gusto a las combinaciones y por la imagen poderosa de Manson (yo lo vi en primera fila, tengo aún un pedazo de estola que arrojó al público). Jodorowsky casó a Manson con su novia Dita Von Tesse, una mujer del tipo de los años dorados del glamour de los treintas, artista de burlesque y sadomasoquista, a la que le interesa el sexo asfixiante y el spanking rudo. Manson dijo que el discurso de Jodorowsky había sido subersivo. El cineasta se emocionó.
Ahora ya no sé qué hacer, pero me han pasado cosas raras. A veces cuento y a veces no. Pero eso es irrelevante. Si alguien sabe de física o biología, por favor, platíqueme.