September 24th, 2010
Diario El País
La cámara oculta de un pintor
Ana Larravide
Obras de Edward Hopper (1882-1967)
El juego de reconocer su estética sigue en cada visita al video: Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan) y Verano del 42, también de Mulligan. O El amigo americano (de Wim Wenders), Ruleta china (de Fassbinder), Corazonada (de Francis Ford Coppola), Barry Lyndon (de Stanley Kubrick), Los hombres duros no bailan (Norman Mailer), A quemarropa (Boorman). Bagdad Café (de Percy Adlon), Los halcones de la noche (de Bruce Malmuth, en inglés Nighthawks, igual que el cuadro, o El bulevar de los sueños rotos, de Gottfried Helnwein. En todos esos films se reconoce a Hopper. Como también en Tess, de Polanski, donde el maletín (¿de médico?) que aparece junto a una cama es idéntico al que está al pie de la Muchacha que lee una carta en malla roja.

CUATROCIENTAS MIL personas han visitado la exposición de Edward Hopper que en este 2010 pasó por El Palacio Real de Milán y la Fondazione Roma. Desde ahora y hasta el 17 de octubre la misma obra podrá verse en Suiza, en la Fundación L´Hermitage (Lausana).

Los cuadros que se presentan son escenográficos y atraen como un imán. Atravesados por la luz en diagonal muestran personas ensimismadas, callejones vacíos, ventanas indiscretas, carreteras de horizontes inalcanzables.El voyeur melancólico. Edward Hopper podría ser tataranieto de Vermeer. Ambos pintaron mujeres frente a ventanales, que aparecen leyendo cartas íntimas. Una (en 1630) vestida de azul; otra en malla de baño roja (trescientos años después). La luz invade mundos domésticos, porque Hopper cuenta secretos. Sin palabras azuza nuestra imaginación. Organiza el espacio, entona el color (usa azules y negros y ocres, verdes densos, blancos de ángulos agudos). Sus obras son de caballete. Quienes ven los originales dicen invariablemente "creí que eran más grandes".

Cada parte de sus cuadros parece una pieza de puzzle hecha para calzar justo en su sitio. Una mujer pálida con sombrerito cloche: una pieza. Cerca, la tetera roja proyecta una sombra azul sobre el mantel. Otra pieza es la traslúcida cortina amarilla. Y otra, el perfil del hombre sobre la ventana azul. Fragmento por fragmento. El cuadro se llama Chop suey.En otra obra, Office at night, la pared refleja las luces de la calle. Pintada con síntesis de arquitecto, cada sombra y cada luz tienen su valor. Hay una máquina de escribir, un fichero negro, una muchacha azul. Paredes, objetos o personas son manchas de pintura organizadas sobre un plano.La cámara oculta. Edward Hopper hacia bocetos para películas, lo que se llama storyboards. Su trabajo consistía en dibujar cada escena para que la filmación siguiera la secuencia: dos actores de frente en la barra del bar; otro de espaldas. Las máquinas de café, los jarritos blancos, las banquetas. Todo en su sitio. Y, sobre todo, en su sitio: la iluminación precisa.Paul Klee afirmaba en sus Diarios que "dibujar es el arte de eliminar". Hopper sabía eliminar de sus bocetos todo lo que no fuera significativo. Sólo usaba elementos esenciales -escasos, como en las obras de teatro o en los modestos cuartos de motel- y los volvía definitivos como íconos.Hopper amó el cine y el cine sigue amando a Hopper.Pintó a la sociedad norteamericana de las décadas del treinta y del cuarenta. El cine de ese tiempo se llenó de actores de facciones esculpidas por la fuerte luz blanca del mediodía o amarilla de las lámparas. Callejones, paredes de ladrillo, escaleras, puentes, veleros y faros, sillones, cortinados, lámparas de pantalla verde: todo muy Hopper.Su marca se adivina bajo el ala del sombrero de cualquier detective. Está en cada encuadre de cámara que muestre un bar a medianoche, una oficina en penumbra, una ventana entreabierta.Siempre hay una mujer pálida y de labios pintados (una mano sobre el piano, una melodía que no llega a sonar). Siempre hay hombres con cara de conversar con nadie, sin otro amigo personal que su sombrero. "Spade, mi nombre es Sam Spade" -dirían con voz de whisky, si llegaran a hablar.

Uno para todos, todos para uno. Los cuadros de Hopper parecen el álbum de familia de varios directores de cine. Por ejemplo John Huston (El halcón maltés), Wim Wenders (París, Texas), Elia Kazan (Un tranvía llamado deseo), Chantal Akerman (Hotel Monterrey) y David Lynch (Terciopelo azul). Y en especial, de la familia Hitchcock: la casa de la horrible madre de Norman Bates, en Psicosis, su porche y sus mansardas, la perspectiva, la iluminación lateral.

El juego de reconocer su estética sigue en cada visita al video: Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan) y Verano del 42, también de Mulligan. O El amigo americano (de Wim Wenders), Ruleta china (de Fassbinder), Corazonada (de Francis Ford Coppola), Barry Lyndon (de Stanley Kubrick), Los hombres duros no bailan (Norman Mailer), A quemarropa (Boorman). Bagdad Café (de Percy Adlon), Los halcones de la noche (de Bruce Malmuth, en inglés Nighthawks, igual que el cuadro, o El bulevar de los sueños rotos, de Gottfried Helnwein. En todos esos films se reconoce a Hopper. Como también en Tess, de Polanski, donde el maletín (¿de médico?) que aparece junto a una cama es idéntico al que está al pie de la Muchacha que lee una carta en malla roja.

Mirada de pintor. En 1906 Edward Hopper viajó a París. Tenía 24 años. "¿A quién conocí? A nadie. Escuché algo acerca de Gertrude Stein, pero no recuerdo haber oído hablar sobre Picasso para nada. Yo solía ir a los cafés, por la noche, y sentarme a mirar. Fui un poco al teatro. París no produjo en mí un impacto grande o inmediato." Él lo dice. Sin embargo, su subconsciente debió probablemente asimilar la luz de Marquet, sus sombras negras bajo los puentes, los frentes de las casas de París, los cientos de ojos de sus ventanas. Y hasta los personajes de espaldas (como los marineros con sus gorras de pompones rojos sentados en la rambla de Fécamp). Un cuadro suyo de una puerta abierta a la oscuridad, muy raro, recuerda a la que Matisse pintó en Collioure.Hopper volvió de París con una visión plástica diferente a la de la Academia de Nueva York. Ya no se propondrá copiar el trazo sutil de Sargent al recorrer una nariz, un cuello femenino, unos bucles. Sus retratos serán más anónimos y profundos. Sus storyboards, en los que reinventó formas haciéndolas nacer de huecos oscuros y planos luminosos, se convirtieron en los cuadros más populares del arte moderno norteamericano.En la vereda de enfrente, Norman Rockwell (1894-1978) también fue influyente: la otra mitad del cine norteamericano se reconoce en su punto de vista. Hopper pintó la soledad. Rockwell dibujó la vida comunitaria de los norteamericanos: mesas con pavos de Acción de Gracias, partidos de baseball, colegios, abuelos rezando, niños, juguetes, almohadas de plumas, familias y finales felices. Rockwell fue un magnífico ilustrador. Hopper un pintor.John Huston escribió en sus memorias: "La vida se compone de episodios fortuitos, tangenciales, dispares", una idea compartida por Hopper.la vida. el teatro. Hopper estuvo casado 43 años con Josephine Nivison. Rodaron juntos por todas las carreteras y moteles de los Estados Unidos. Habían estudiado en la misma academia de dibujo de Nueva York; después ella no pintó más, pero fue su única modelo. Él era posesivo, toleraba mal que se ocupara de Arthur. Arthur era su gato. El 15 de mayo de 1967 Hopper murió. Diez meses después, ella también.El último cuadro que pintó Edward Hopper se llama Dos comediantes. Vestidos de blanco, él y Jo se despiden en el escenario.